El brainstorming es una de las herramientas creativas más famosas y también una de las peor utilizadas. Reunir a ocho personas alrededor de una mesa, decir «venga, ideas» y esperar que aparezca una gran campaña no convierte la reunión en una buena tormenta de ideas. Alex Faickney Osborn sistematizó y popularizó el brainstorming en Applied Imagination, publicado originalmente en 1953. Su planteamiento se apoyaba en cuatro principios que continúan siendo reconocibles: aplazar el juicio, buscar cantidad, permitir ideas atrevidas y combinar o mejorar las ideas de otros.
La versión antigua de este artículo daba por supuesto que trabajar en grupo producía más y mejores ideas. La evidencia acumulada obliga a matizar mucho esa afirmación. El brainstorming puede funcionar, pero el formato de la sesión importa enormemente.
El grupo no genera automáticamente más ideas que varias personas pensando por separado
La investigación sobre creatividad lleva décadas observando un fenómeno conocido como pérdida de productividad en grupos interactivos. Cuando hablamos por turnos, esperamos, nos autocensuramos o seguimos la dirección que acaba de tomar otra persona, pueden perderse ideas. Revisiones de la literatura han encontrado repetidamente que grupos nominales —personas que generan ideas por separado y luego las agregan— pueden producir más ideas que grupos equivalentes trabajando mediante conversación cara a cara. Eso no significa que la colaboración sea inútil. Las ideas ajenas pueden estimular asociaciones nuevas. El problema está en confundir colaboración con obligación de pensar todos simultáneamente y en voz alta.
Una fórmula que utilizaría con más confianza consiste en separar las fases: primero permitiría que cada persona pensara y anotara individualmente sus propuestas; después las compartiríamos, construiríamos sobre lo que hubiera aparecido y, finalmente, evaluaríamos las opciones. De esa forma reducimos parte del bloqueo sin perder la capacidad de combinación del grupo.
El Handbook of Organizational Creativity revisa precisamente estas diferencias y señala que el brainstorming verbal cara a cara tiende a ser menos eficaz que otros formatos colaborativos. Por eso no fijaría un número mágico de participantes —cuatro, siete o doce— ni una duración universal de treinta minutos como hacía mi artículo anterior. El tamaño y el tiempo deben adaptarse al problema.
Las reglas clásicas siguen teniendo utilidad y la investigación de 2026 añade matices interesantes
Un trabajo publicado en agosto de 2026 en Journal of Creativity estudió cómo presentar las cuatro reglas clásicas de Osborn durante sesiones de ideación. Los resultados mostraron mejores niveles de elaboración y selección cuando las cuatro reglas se proporcionaban conjuntamente desde el inicio en lugar de introducir una de ellas más tarde. El efecto sobre elaboración fue además especialmente interesante en las condiciones anónimas analizadas por los investigadores. La aplicación práctica es sencilla. Antes de empezar explicaría claramente las reglas. No evaluar durante la generación. Una idea aparentemente mala puede abrir una dirección interesante. Generar cantidad.
No porque la idea número cuarenta tenga necesariamente que ser buena, sino porque obligarnos a continuar reduce la tendencia a quedarnos con las respuestas más evidentes. Permitir propuestas extremas. No tenemos que ejecutarlas literalmente. Pueden ampliar el espacio de soluciones. Combinar y mejorar. Una idea no pertenece exclusivamente a quien la dice. El grupo debe poder transformarla. Después separaría claramente la fase de evaluación. Este punto conecta con el briefing publicitario. No evaluaría una propuesta solo porque resulta original. La contrastaría con problema, público, marca, presupuesto, medio y objetivo. Creatividad sin criterio puede generar muchas ideas y ninguna campaña.
La inteligencia artificial puede ampliar la ideación, pero también reducir variedad si la utilizamos como piloto automático
En 2026 también disponemos de una nueva variable: inteligencia artificial generativa. Un estudio publicado en Computers in Human Behavior: Artificial Humans encontró que personas apoyadas por GenAI generaban ideas más originales y agradables, pero también producían menos cantidad y variedad. Los autores concluyen que la IA funcionaba mejor como apoyo que como sustitución de la colaboración humana. Eso coincide bastante con mi experiencia práctica. Pedir a una herramienta «dame veinte ideas» es fácil. El riesgo es recibir veinte variaciones de patrones estadísticamente previsibles. La utilizaría para ampliar direcciones. Por ejemplo:
- buscar analogías en otras categorías;
- proponer contradicciones al enfoque inicial;
- imaginar ejecuciones para diferentes medios;
- combinar dos conceptos;
- detectar lugares comunes;
- o desarrollar una idea humana que todavía está incompleta.
Después volvería al criterio profesional. En IA aplicada a publicidad insisto en esa misma idea: experimentar barato es una ventaja; publicar sin criterio no lo es. También utilizaría la sesión para generar ideas en varios medios. Una gran idea puede convertirse en cuña, exterior, acción experiencial, vídeo o contenido. El artículo sobre producción multiformato desarrolla cómo adaptar después una idea central. Y no cerraría una sesión eligiendo automáticamente la propuesta que más risas haya provocado. Dejaría reposar, agruparía territorios y evaluaría contra el brief.
El brainstorming no sirve para sustituir la estrategia. Sirve para aumentar el número y la variedad de caminos que podemos explorar antes de decidir. La creatividad necesita libertad durante una parte del proceso. Y necesita criterio justo después.
Fuentes y referencias:
- Paulus, P. B. y Kenworthy, J. B., Brainstorming: How to get the best ideas out of the “group brain” for organizational creativity, Handbook of Organizational Creativity, 2023.
- Brainstorming rules given together boost idea elaboration, Journal of Creativity, 2026.
- Who performs better? Exploring the role of generative AI in creativity and brainstorming, 2026.