Hay personas que llevan años intentando conseguir una oportunidad profesional y, cuando por fin llega, apenas tienen tiempo para disfrutarla. Terminan un proyecto importante, reciben una felicitación y al día siguiente ya están pensando en el siguiente objetivo. Les va bien en el trabajo, pero la vida se les va llenando de obligaciones que nunca encuentran un momento suficientemente bueno para detenerse.
No creo que la solución sea dejar de tener ambición. Querer aprender, ganar más, crear una empresa o asumir responsabilidades tiene mucho sentido. El problema empieza cuando confundimos mejorar nuestra carrera con mejorar toda nuestra vida. Si cada éxito sirve únicamente para exigirnos otro, llegará un momento en el que habremos conseguido mucho y nos costará reconocer para qué lo queríamos.
La tarde que un empresario no estaba dispuesto a regalar al trabajo
Una vez, un empresario del sector agrícola al que admiro me habló de algo que procuraba proteger en su agenda: llevar a su hija a hacer deporte los lunes por la tarde y dar después un paseo tranquilo por la Alameda. Había construido junto a sus hermanos una empresa familiar importante, conocía bien las etapas de sacrificio y seguía buscando proyectos. Pero cuando habló del lujo de verdad no mencionó una cifra de facturación ni el tamaño de su negocio. Habló de aquella tarde corriente.
Me llamó la atención porque no estaba haciendo un elogio de la comodidad. Era una persona exigente, que disfrutaba trabajando y seguía formándose para mejorar. Precisamente por eso tenía tanto valor aquella decisión. Había comprendido que una parte de lo que había construido debía servirle para vivir mejor, no solo para asumir una obligación más.
Cuento ese encuentro en el capítulo «La arquitectura de la plenitud» de mi libro «Que el éxito no te joda». Conservo aquí lo esencial: no se trata de que todos debamos reservar el lunes por la tarde ni de que una persona empresaria pueda organizar siempre sus horarios como quiera. Se trata de comprobar si algo de lo que has conseguido te permite cuidar una parte de tu vida que valoras.
No conviertas el presente en una sala de espera
Hay una frase que escucho con frecuencia en conversaciones profesionales: «Cuando termine esto, podré estar más tranquilo». A veces es verdad. Una campaña, el cierre de un ejercicio o el comienzo de un negocio exigen periodos intensos. El inconveniente aparece cuando después de ese proyecto llega otro, luego otro más y la tranquilidad se convierte en una fecha que nunca aparece en el calendario.
Aplazar algo un mes no es lo mismo que aplazarlo durante años. Si te importa recuperar una amistad, hacer deporte, salir con tus hijos o descansar sin mirar continuamente el teléfono, no basta con decir que lo harás cuando puedas. Quizá necesites encontrar una franja posible, aunque sea pequeña, y decidir qué ocurrirá con los asuntos menos urgentes durante ese tiempo.
El equilibrio tampoco exige repartir todos los días a partes iguales entre trabajo y ocio. Hay semanas complicadas y responsabilidades que no permiten elegir libremente. Pero conviene reconocer cuándo una excepción deja de serlo. Si todas las semanas sacrificas lo mismo, probablemente ya no estás improvisando ante las urgencias: has terminado organizando tu vida alrededor de ellas.
Qué tienen que ver la autonomía y las relaciones con sentirse satisfecho
Los psicólogos Richard Ryan y Edward Deci llevan décadas estudiando la motivación. En su teoría de la autodeterminación destacan tres necesidades psicológicas: sentir que puedes elegir con cierto margen de autonomía, desarrollar capacidades y mantener vínculos significativos con otras personas. No dicen que baste con cumplir tres casillas para ser feliz. Su trabajo ayuda a comprender por qué el dinero y el reconocimiento, por sí solos, no describen todo lo que necesitamos.
Traducido a una decisión profesional, no basta con preguntarte cuánto ganarás o qué cargo tendrás. También importa si el nuevo trabajo te permitirá aprender, si tendrás capacidad para organizar una parte razonable de tu actividad y cómo afectará a las relaciones que te importan. Puede que una promoción mejore esas tres cosas. Puede también que mejore una y complique mucho las otras dos. Las circunstancias de cada persona deciden qué compensaciones son aceptables.
La importancia de las relaciones aparece igualmente en el Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard, cuyo director, el psiquiatra Robert Waldinger, ha explicado la estrecha relación observada entre los vínculos personales, la satisfacción vital y la salud. Es una investigación longitudinal con una historia y unas limitaciones propias; no significa que podamos atribuir a una sola amistad el bienestar futuro de una persona. Sí recuerda algo que tendemos a olvidar cuando estamos muy centrados en el trabajo: nuestras relaciones merecen un lugar propio entre las cosas que queremos cuidar.
Por eso me parece importante preguntar a un directivo, a una persona autónoma o a alguien que está empezando a trabajar qué le gustaría hacer con las oportunidades que desea conseguir. Si la respuesta solo contiene nuevas metas profesionales, quizá falte una parte de la conversación. Y si incluye tener más tiempo para alguien, descansar mejor o recuperar una afición, eso también merece planificación.
Aprende a reconocer lo bueno sin conformarte
Existe otra dificultad: acostumbrarse tan rápido a lo conseguido que cualquier avance parece insuficiente. Terminas un trabajo difícil y piensas en lo que queda. Consigues un cliente y ya estás preocupado por el siguiente. No hace falta exagerar la importancia de cada logro, pero vivir sin reconocer ninguno acaba por convertir la ambición en una lista interminable de asuntos pendientes.
Los psicólogos Robert Emmons y Michael McCullough estudiaron qué ocurría cuando distintas personas anotaban periódicamente motivos concretos de gratitud frente a otras que registraban molestias o hechos de su vida cotidiana. Observaron mejoras en varias medidas de bienestar, especialmente en el afecto positivo, aunque no en todos los indicadores ni en todos los grupos. Es una aportación interesante, no una prueba de que escribir tres frases al día solucione el estrés, los problemas económicos o una situación laboral difícil.
Me gusta una aplicación muy sencilla de esa idea: cuando termina un proyecto, dedicar unos minutos a recordar qué salió bien y quién contribuyó a ello. Con frecuencia los equipos hacen un análisis detallado de lo que falló y apenas hablan de lo que sí funcionó. Reconocer un acierto no significa dejar de revisar los errores. Puede servir para aprender de ambos y agradecer el trabajo que otras personas han hecho posible.
Ese reconocimiento también vale fuera de la empresa. No tiene que tratarse de algo espectacular: una comida sin interrupciones, una conversación que necesitabas tener, una tarde de descanso o el tiempo que alguien te ha dedicado. Lo importante es que no todo lo valioso quede fuera de tu evaluación del día porque no aparece en una agenda comercial.
El descanso no siempre depende solo de tu fuerza de voluntad
Hay profesionales que se reprochan no saber desconectar, aunque trabajan en entornos donde cualquier mensaje recibe una respuesta inmediata y toda incidencia acaba llegando a la misma persona. Puedes intentar apagar las notificaciones, pero si nadie sabe quién atiende una urgencia real durante tu ausencia, probablemente terminarás comprobando el móvil por precaución.
Las organizaciones también tienen responsabilidad. En una empresa pequeña puede bastar con acordar horarios de respuesta, fijar una persona de referencia para determinadas incidencias o explicar a los clientes qué asuntos se atenderán en el momento y cuáles al día siguiente. No todas las situaciones lo permiten, pero tener un acuerdo concreto suele funcionar mejor que repetirnos que debemos desconectar mientras mantenemos las mismas condiciones.
Cuando revisas tus horarios, distingue entre lo que de verdad tiene que resolverse hoy y lo que simplemente estás acostumbrado a contestar hoy. Si diriges un negocio o un equipo, piensa también qué ejemplo das: a veces pedimos autonomía a los demás y después les hacemos sentir que deben estar permanentemente disponibles para demostrar compromiso.
Tres preguntas para que un logro mejore tu vida
La próxima vez que consigas algo importante, prueba a responder tres preguntas por escrito. Primera: ¿qué me ha permitido conseguir esto que antes no podía hacer? Puede ser dinero, seguridad, aprendizaje, una oportunidad o mayor libertad. Segunda: ¿qué parte de mi vida quiero que mejore gracias a ese logro? Intenta nombrar algo que no sea simplemente otro objetivo laboral. Tercera: ¿qué decisión concreta puedo tomar esta semana para que esa mejora se note?
Si has conseguido organizar mejor el trabajo de tu equipo, quizá puedas dedicar una tarde a una actividad que llevabas aplazando. Si tus ingresos han aumentado, puedes valorar si una parte te dará seguridad y margen de elección en el futuro. Si ahora trabajas con más autonomía, tal vez quieras reservar tiempo para formarte o estar con una persona importante. No hay una respuesta universal y no todo el mundo dispone de los mismos recursos.
Después, si te apetece, prueba durante siete días otra práctica sencilla: al terminar la jornada anota tres cosas concretas que hayan merecido la pena. Evita formularlas como obligaciones o frases vacías. No tienes que declarar que todo va bien. Puedes reconocer un buen momento mientras sigues intentando resolver algo que va mal. Esa distinción es importante: agradecer lo que tienes y querer cambiar lo que no funciona son actitudes compatibles.
La ambición también necesita una vida a la que llegar
No existe una medida única del éxito personal. Hay quien disfruta con jornadas intensas porque está creando algo que le importa y dispone de apoyos para sostener ese ritmo. Hay quien desea más estabilidad, quien busca un puesto de mayor responsabilidad y quien prefiere recuperar tiempo aunque eso suponga renunciar a ciertas ventajas. Lo importante es que se trate, en la medida de lo posible, de elecciones conscientes y revisables.
Si un puesto o un negocio que antes te entusiasmaba ya te exige demasiado, puede ayudarte leer cuándo un ascenso deja de compensar. Si necesitas aclarar hacia dónde quieres ir, he preparado un ejercicio gratuito del «Mapa del espejo» para imaginar un día corriente de tu futuro y elegir una acción concreta desde el presente.
Esta reflexión recorre también «Que el éxito no te joda». Lo escribí desde experiencias profesionales y personales, con la intención de defender una ambición que no nos obligue a dejar de escuchar, aprender o disfrutar de la vida que estamos construyendo. Puedes conocer el libro en su ficha antes de decidir si te interesa leerlo.
La pregunta con la que me quedo es esta: ¿qué has conseguido últimamente que todavía no has tenido tiempo de disfrutar? Quizá merezca la pena hacerle un hueco antes de que se convierta en otra cosa que das por hecha.
Fuentes y lecturas
- Ryan, R. M. y Deci, E. L. (2000). Self-determination theory and the facilitation of intrinsic motivation, social development, and well-being. American Psychologist, 55(1), 68-78.
- Harvard Gazette (2023). Entrevista a Robert Waldinger sobre el estudio longitudinal de desarrollo adulto.
- Emmons, R. A. y McCullough, M. E. (2003). Counting blessings versus burdens: an experimental investigation of gratitude and subjective well-being in daily life. Journal of Personality and Social Psychology, 84(2), 377-389.